No hay crisis de cuidados, son las mujeres las que están en crisis y a punto de estallar

    Ni el teletrabajo es conciliación ni la conciliación existe. Es imposible conseguir que dos o más partes opuestas -el ámbito laboral y el familiar- logren llegar a un acuerdo para llevarse bien cuando la empleabilidad es el eje político axial.

    22/06/2020.
    Ni trabajar más en casa, ni menos fuera

    Ni trabajar más en casa, ni menos fuera

    La máxima empleabilidad de todas las personas es la que rige la política europea de empleo, paraguas bajo el cual se inscriben las políticas de conciliación. Lo que supone olvidar que hay personas que deben ser cuidadas y que por tanto alguien las tiene que cuidar. Ante esta paradoja de la “necesidad/imposibilidad”, cuando los cuidados son necesarios, pero no hay personas para darlo, solo hay opción: “romper las reglas de juego”. Y esto es lo que hizo el Estado en 2006 con la hoy denostada, inaplicada, pervertida y obstaculizada Ley de Autonomía Personal. Con ella el Estado impulsaba el cuarto pilar del bienestar y otorgaba el derecho de toda persona a ser cuidada entendiendo que las administraciones públicas eran las responsables de otorgar ese cuidado y solo excepcionalmente, cuando no quedara más remedio, la atención a los cuidados quedaría en manos de las familias. Una filosofía interesante de la que ya conocemos su práctica. A esta triste realidad desde los feminismos la denominamos crisis de cuidados.

    Esta idea de la crisis de cuidados vuelve a aparecer con fuerza -obviamente también desde el feminismo porque sigue habiendo personas que no lo ven porque están así más cómodas- cuando nos referimos a los efectos del confinamiento. Sin embargo, es un error hablar de crisis de cuidados durante el confinamiento, la desescalada y la “nueva” normalidad. Durante este tiempo, si ha habido una crisis de cuidados ésta la han tenido las administraciones públicas al usar una política austericida y recortar en la sanidad pública y no dotar de servicios de atención pública tan esenciales como las residencias de mayores. Sin embargo, en los hogares las personas no se han quedado sin atención, más bien al contrario. El sobreesfuerzo y la sobresaturación de tareas por parte de las mujeres ha permitido seguir adelante en las mejores condiciones posibles.

    Las casas se han convertido en escuelas, oficinas, parques, gimnasios, teatros, etc. Las mujeres que tenían empleo y posibilidad de teletrabajar han dado todo, con un alto coste para su salud y su bienestar. Muchas son las encuestas que estos días ofrecen datos de esta situación, pero cometen un error al volver a hablar de crisis de cuidados cuando lo que está en crisis es la igualdad de derechos para las mujeres en lo social, así como su estabilidad y salud.

    No lo llames crisis de cuidados, di que esta pandemia ha vuelto a poner en crisis a la mitad de la población, la femenina, porque las mujeres no hemos dejado de cuidar, ni cuando estábamos teletrabajando en nuestras casas, ni cuando teníamos que salir a trabajar como limpiadoras, cajeras, enfermeras, médicas, etc.

    El estado de alarma llega a su fin, pero deberíamos alarmarnos porque en esta “nueva” normalidad los campamentos de verano son casi inexistentes, la previsión de la apertura del curso escolar está sin definir y no se sabe qué va a pasar con esos 4,5 millones de hogares con menores de 14 años si sus padres no pueden estar en el hogar o tienen que teletrabajar. Deberíamos alarmarnos porque este trabajo y las tensiones que conlleva van a seguir recayendo en las mujeres de manera primordial. Así pues llamemos a las cosas por su nombre: no hay crisis de cuidados, son las mujeres las que están en crisis y a punto de estallar.

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