La normalidad

    Analizamos cómo es esa normalidad que ahora muchas personas dicen añorar... ¿De verdad queremos volver al mismo punto donde estábamos o hay que repensar el mundo para mejorarlo en lo posible?

    16/04/2020. Francis Cabezos. Secretario de Medio Ambiente y Movimientos Sociales de FSC-CCOO
    Una calle repleta de gente

    Una calle repleta de gente

    Volver a la normalidad... ¿Quién no ha dicho u oído esta expresión durante el periodo de pandemia y confinamiento que estamos atravesando a consecuencia del covid-19? Pero, ¿qué es eso de la normalidad? Veamos.

    La normalidad de formar parte de la construcción de una Unión Europea donde desde hace muchos años se prioriza lo económico y financiero frente a lo social.

    La normalidad de seguir reivindicando pagar menos impuestos en lugar de avanzar en una reforma fiscal que garantice un mayor y mejor sistema de cobertura y protección social, que es fundamental para todas aquellas personas que lo necesiten y con ello contribuir a fortalecer el bienestar de la población y el estado social y de derecho.

    Creer que la normalidad es construir un mercado de trabajo en el que se imponen la inestabilidad, el empleo precario y temporal y, en demasiadas ocasiones, malas condiciones laborales o, como decía en 'eldiario.es' Beatriz, asesora jurídica de Comisiones Obreras de Madrid, “las carencias que nuestro mercado laboral arrastraba durante años: precariedad, temporalidad, bajos salarios, pobreza...”

    O pensar que es normal que los fondos buitre, y tras ellos inversionistas con muy pocos escrúpulos, se conviertan entre otras cosas en propietarios de deuda pública, agarrando así de las solapas a naciones que atraviesan por dificultades, o sean los mayores propietarios de inmuebles, desde viviendas a hoteles y decidan quién, cómo y cuándo se queda o no en su casa. Bien es cierto que nada de esto se produciría si la política, o algunas políticas, no lo permitieran. De aquellos ladrillos e intereses bancarios estos lodos.

    La normalidad de continuar abandonando nuestros pueblos, sobre todo los más pequeños, e ir ampliando cada vez más las ya de por sí grandes ciudades (por cierto, es en ellas dónde más propagación del virus se está dando, normal) porque se nos olvida que es esencial proveerles de servicios públicos, atención y tramitación administrativa cercana e inmediata, sanidad, enseñanza, servicios sociales, transporte, servicio postal, energía, agua, protección del entorno, etc.

    Entender como normal el acudir a unos servicios públicos deteriorados, en el mejor de los casos (véanse la sanidad o los servicios públicos de empleo, por ejemplo), o, en el peor, entregados al mejor postor cumpliendo así con esas políticas liberales y conservadoras que han estado campando a sus anchas en este país.

    Volver a la normalidad esa de extraer, transportar, elaborar, almacenar, vender y tirar recursos naturales sin medida y, paralelamente, consumir hasta morir, pensando en que somos inmortales y que pisamos un planeta infinito en lo que a proveer de recursos se refiere.

    La normalidad de no producir el 100% de energía eléctrica a base de renovables, o continuar importando petróleo de países inestables en lo social y en lo político a razón de unos 40 mil millones de euros/año lo que incide negativamente en la balanza fiscal.

    Asumir que es normal el ir a trabajar en nuestro vehículo privado, por supuesto de manera individual, ocupando espacio urbano y emitiendo gases de efecto invernadero para incidir negativamente en la salud de la población, y volver a ponerle una boina marrón o negra a las urbes, y olvidar que el transporte público y colectivo pasa por ser una de las mejores soluciones al problema de la movilidad, conjuntamente con el movernos menos y mejor.

    La normalidad de ir a pasar el fin de semana a London porque hemos encontrado billetes low cost y, total, ¿qué suponen 603 kg de CO2 por persona y trayecto? O una semanita a, por ejemplo, un resort todo incluido en Santo Domingo por unos 3.300 kg de CO2/trayecto. Pensemos que todo ello lo realizan compañías que están exentas del pago del IVA en los vuelos oceánicos o disfrutan de exenciones fiscales por el queroseno. Lo normal.

    Volver a la normalidad de vivir en una sociedad marcadamente patriarcal en la que la igualdad real entre hombres y mujeres aún es una asignatura pendiente y donde se siguen produciendo maltratos y asesinatos. Este año ya llevamos 18 asesinadas, dos de ellas con sus respectivas hijas.

    También oímos e incluso nosotras y nosotros mismos nos atrevemos a decir, que las cosas ya no van a ser iguales, que esto va cambiar, pero mucho me temo que no habremos aprendido nada, o habremos aprendido poco, y en lugar de aprovechar para efectuar los cambios necesarios que nos permitan vivir mejor con menos, dejar de consumir sin medida, pensar en el planeta y en sus recursos finitos, construir sociedades de lo común, de la verdadera igualdad de oportunidades y del respeto y apoyo mutuo y no de lo individual y del dinero como objetivo vital, tiraremos por lo fácil y lo cómodo y repetiremos los errores cometidos para que todo siga igual.

    Hay muchas cosas que hemos ido construyendo y que consideramos parte de la normalidad, pero permítanme cuestionarlo y que lo cuestionemos entre todas y todos. Yo prefiero que aprovechemos para avanzar en la anormalidad.

    Esta web utiliza cookies propias y de terceros para optimizar su navegación. Si continúa navegando está dando su consentimiento para su aceptación y nuestra politica de cookies, haga click aqui para más información y ver cómo desactivarlas.