Incendios: Una opinión como otra cualquiera

    Nunca sabe uno si acierta al escribir sobre un tema cuando este está en pleno apogeo por riesgo de caer en el oportunismo, pero es que en el caso que nos ocupa, el de los incendios forestales, resulta difícil abstraerse y esperar mejor ocasión para opinar, pues igual luego la repercusión que uno busca no la va a encontrar.

    02/08/2018. Francis Cabezos, secretario de Coordinación Sectorial de FSC-CCOO
    Francisco Javier Cabezos Rubio

    Francisco Javier Cabezos Rubio

    Los incendios de Grecia han conmocionado a media Europa, la otra media se conmocionó por los ocurridos en los países nórdicos, si bien en estos no ha habido que lamentar muertes ni heridos graves únicamente pérdida de riqueza forestal. Y todos nos conmocionamos con lo ocurrido en Portugal y en Galicia estos años atrás.

    Houston tenemos un problema, en California, en Australia, en Grecia, En Suecia, en España, en Indonesia, en Chile, en…. Problema que obedece a numerosas causas, comunes en todos los lugares. Ojalá solo fuera una así sería más fácil la solución

    Una de esas causas ha sido, y es, el permitir la construcción de viviendas, algunas legales y otras no, en espacios de alto valor ambiental. En las legales, es decir, aquellas que han contado con todos los parabienes administrativos (en este caso y para esta breve reflexión no profundizaré en burbujas ni especulaciones urbanísticas que han dado al traste con el litoral y enclaves forestales) quedan ahí, en contacto directo con el monte y sin llevar a cabo las labores de autoprotección de las urbanizaciones, obligadas están a hacerlo, pero parece mejor consagrar su seguridad a alguna deidad religiosa. Un error y un incumplimiento normativo. Aquí es donde tienen especial relevancia los incendios que llamamos de interfaz urbano-forestal y dónde, como ya habrán supuesto, más difícil es la extinción y más riesgo hay para los bienes y para las personas, tanto profesionales de la extinción como los ciudadanos y ciudadanas que ahí viven.

    Otra es mirar el monte con ojos acaramelados, quedándonos en lo bonito que es y pensando que ojalá se quede así por los siglos de los siglos. Pero es que eso no es así. Afortunadamente el monte crece, genera vida, aumenta de tamaño, provee de bienes y productos, pero también va acumulando en su superficie biomasa residual que en condiciones normales tarda mucho, pero mucho, en degradarse y cerrar el ciclo de los nutrientes. Si no existiéramos, esos miles de millones que somos, pues la cosa seguiría sus ritmos y sus tempos y estupendo, pero somos y estamos.

    Aquí de nuevo nos ponemos en manos de los designios divinos en lugar de afrontar el tema con una política preventiva, y productiva, si, pensada, diseñada, planificada, supervisada y puesta en marcha a lo largo del tiempo, para, por un lado, poder disminuir los posibles efectos negativos si se produjera un incendio, y por otro, obtener bienes y productos de naturaleza forestal que intervengan en la riqueza y la economía a ámbito local y estatal y entren en aquello que queremos construir del “new green deal” o cualquier otra denominación que inventemos, que eso si que se nos da bien.

    Si con la temperatura y el oxígeno es muy difícil poder lidiar, pues hagámoslo con el otro protagonista, el combustible, que con éste algo podemos hacer.

    Lo anterior vale dinero, si, se necesita gente que planifique, que busque nichos de mercado, que facilite información, formación y financiación y, claro, necesitamos profesionales que trabajen en los montes desbrozando, cortando, rozando, apeando, entresacando, desemboscando, vigilando y haciendo cumplir las normas, etc. y también, por supuesto, extinguiendo llamas cuando sea menester.

    Y esos trabajos debemos hacerlos atractivos ¿cómo? Con buenas condiciones laborales, con sueldos dignos, con medios materiales necesarios, con medidas de seguridad y salud laboral adecuadas, con buenos convenios y con espacios para la negociación colectiva que fructifique en generar empleo y riqueza.

    Lo que es difícilmente cuestionable es que las inversiones que se realicen para lo anterior tienen un retorno a las arcas públicas muy interesante y rápido en el tiempo. Para esto es para lo que necesitamos la política y a los y las que a ella se dedican, voluntad, valentía y acuerdos.

    Por supuesto hay otras causas, esas que ya están más directamente relacionadas con la condición “humana”, la codicia, la vaguería, la maldad, la estupidez, la inconsciencia, la imprudencia, la negligencia… Sobre estás también se puede y debe actuar, no es fácil, como casi todo en la vida, pero ya existen medidas que podemos aplicar, coercitivas y educativas.

    Y por concluir y aprovechando lo educativo, asunto este crucial, es fundamental el binomio educación y ambiental y llevarlo al conjunto de la población, es clave me atrevo a decir, y creo que lo que no debemos hacer es dirigir las medidas educativas exclusivamente a los chavales y las chavalas en los coles, pues me da que ell@s no ansían las tierras del vecino, no quieren tener más pastos, no hacen daño por hacer, no encienden las barbacoas donde no deben, no queman restos sin control ni actúan en el medio forestal sin dispositivos que eviten chispas…. Entre otras. En definitiva, que ellas y ellos poco o nada tienen que ver con ese 96% de incendios atribuibles a la mano del hombre, si, en este caso está bien utilizado el género masculino.

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