Del deseo a la realidad: ya me gustaría poder creer en el Pacto de Estado

    Imagina un Estado que hiciera efectivo el mandato del Leviatán de Thomas Hobbes de proteger a toda su ciudadanía. Ese Estado habría nacido de una Revolución en la que se hubiera asumido la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, de Olympe de Gouges de 1791, junto con la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 que es la única que se admitió.

    28/07/2017. Begoña Marugán Pintos, adjunta a la Secretaría de las Mujeres de FSC-CCOO
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    Si hubiera sido así, se entendería que junto con la idea de que “los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos”, figuraría la de que “la mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos” como escribió Olympe, cuyas afirmaciones la condujeron al patíbulo. Sin embargo, la dominación patriarcal se perpetuó también a través de la Revolución Francesa y consolidó, aún más, una mentalidad social basada en la discriminación y la desigualdad.

    Y así, la vida siguió teniendo como base esta mentalidad a lo largo del curso de la historia hasta llegar a nuestros días en los que continuamos viendo cómo las mujeres siguen ocupando una posición social subordinada a pesar de hacer una apuesta constante por mantener situaciones de igualdad. La evidencia más visible y dolorosa del heteropatriarcado es la persistencia de las violencias contra nosotras. Un fenómeno que se condena cuando se expresa en sus excesos: la violencia física y los asesinatos de mujeres, pero que mantiene intactas las raíces discriminatorias en las que esta violencia se sustenta.

    Después de escuchar esta mañana las noticias de la radio (desde el minuto 37:25) me pregunto ¿qué poder, independencia, autonomía y credibilidad se nos da a las mujeres? Los hechos son tozudos y puede que no queramos verlo aunque nos los sirvan en bandeja, pero sería bueno pensar ¿por qué se considera que los jueces saben mejor que una madre, que ha sido maltratada, lo que conviene a sus hijos?, ¿qué ha hecho el Estado para proteger a la mujer de Tavernes de la Valldigna que ha sido herida grave por su expareja cuando sobre él pesaba una orden de alejamiento? O ¿no es un trato vejatorio que pregunten en el juicio a una violada por su expareja si cerró bien las piernas cuando la estaban violando?

    En el valor y la consideración social que pesa sobre hombres y mujeres pueden encontrarse algunas respuestas. La ley del padre, y de ahí la palabra patriarcado, sigue muy vigente y por eso el magistrado que comenta la noticia de la huida de Juana Rivas responde así o esto explica la escasa aplicación de la suspensión de potestad y del régimen de visitas como medidas judiciales de la orden de protección.

    Por otra parte, se ha olvidado que entre las formas de violencia contra las mujeres que menciona Naciones Unidas figura “la violencia física, sexual y psicológica perpetrada o tolerada por el Estado, donde quiera que ocurra” (art. 2 de la Declaración sobre la Eliminación de la violencia contra las Mujeres de Naciones Unidas de 1993) y finalmente, ¿qué decir de la violencia sexual dentro de las parejas? Puede parecer absurdo, pero la reminiscencia del débito conyugal está mucho más instaurada de lo que queremos reconocer y por tanto la propiedad masculina de los cuerpos de lo que los hombres consideran “sus mujeres”.

    Si esta es nuestra mentalidad, no podemos esperar milagros. No puede haber un Pacto de Estado contra la violencia de género por parte de un Estado patriarcal. A mi me gustaría creer, pero de veras que la realidad me lo impide.

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